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Hace mucho tiempo, en la vieja era, surgieron dos poderosos dioses, Alfath y Omegath. Estos crearon el mundo de Atlas y dieron vida a los seres que ahora lo pueblan.

Durante largo tiempo la vida fue desarrollándose con normalidad. Las diferentes razas convivían en paz y armonía, pero no duró siempre...

Milenios después de que Alfath y Omegath, los adorados hermanos creadores, mantuvieran su largo sueño de recuperación, una oscuridad azotó Altarión, el reino de los dioses. Un tipo de mal que acabaría con toda estabilidad del tiempo y el espacio.

Una guerra estalló entre los dioses. Se formaron dos bandos, los que siguieron la voluntad de Alfath, llamados Alfanios, y los que siguieron la voluntad de Omegath, llamados Omenios.

La guerra fue un verdadero génesis y durante miles de años se enfrentaron ambos bandos. Esta batalla afectó al reino de los mortales en Atlas. Desastres naturales y horribles criaturas azotaron las poblaciones y civilizaciones mortales durante cientos de años. Comenzaron a estallar pequeñas revueltas que acabaron formando guerrillas entre ellos. El caos se apoderó de todo el planeta, llegando casi a la extinción de la vida en él.

Finalmente, la guerra de los dioses acabó con la victoria de Alfath y sus seguidores. Omegath fue desterrado a Silthis, el satélite de Atlas, y encerrado en su núcleo.

El poder de Alfath y de los dioses restantes quedó en su límite. El victorioso dios descendió de su reino y contempló lo que su guerra había provocado con el pacífico mundo que habían creado él y su hermano. Alfath no podía seguir contemplando aquel caos y sabía que debía repararlo de alguna manera, pero su debilitado poder no bastaba para remendar aquel desastre por sí mismo, por ello, tomó la decisión de dejarlo, por obligación, en manos de los mortales. El divino entregó a los mortales de Exelium, la última provincia con esperanzas de su mundo, una pizca de su energía con el fin de que estos obtuvieran los medios para, poco a poco, ir restableciendo el equilibrio de su mundo. A esta energía los mortales la llamaron Esencia. Tras esto, el dios regresó a Altarión, donde entraría en un largo descanso junto con los otros divinos para recuperar todo su poder.

Los mortales estudiaron y desarrollaron este poder, hasta que por fin, tras numerosas pérdidas de vidas y sacrificios, restablecieron el equilibrio de Exelium. La Esencia se convirtió en un fuerte pilar de paz y unión entre los pueblos mortales. Pero una vez más, el mal surgió para quebrantar este equilibrio...

>> Capítulo I: El Despertar de la Esencia