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Estaba en la boca del lobo, y sabía que si le discutía a Mardo el asesinato del muchacho, éste, se ocuparía de matarle a él por desobedecer la que podría ser su primera orden y el requisito para entrar en el gremio.

Le comenzaba a sudar la frente. Apenas habían pasado cinco o seis segundos, pero habían parecido horas.

Mardo: ¡¿No tienes lo que hay que tener, capitán?!-comenzaba a perder los nervios.

Ratko apuntó con el cuchillo al muchacho. Éste, tembloroso, se temía lo peor. Sangraba por la boca y se encontraba dolorido, pero en ningún momento cerró los ojos. Quería ver su muerte.

Ratko: *Pensando* Maldita sea,...,soy idiota, me arrepentiré de esto.-se repetía en la cabeza.

Mardo esbozó una sonrisa malévola cuando observó que Ratko apuntaba con el cuchillo a la garganta del joven moribundo. Era un hombre sádico, sanguinario. Parecía disfrutar con aquella escena y el compromiso en el que les había puesto.

El ex-capitán respiró hondo, pensó que se arrepentiría de lo que iba a hacer.

Echó la mano hacia atrás, parecía que iba a apuñalar al muchacho, aunque de una forma extraña...

"Puños de Hierro" miraba atento cuando algo sucedió de una forma inesperada. Antes de que pudiera darse cuenta, Ratko había lanzado el cuchillo que tenía en su mano y se lo había clavado en el pie, atravesando su bota, su carne, y también la madera del suelo.

Mardo: ¡¡Aaagh!! ¡Hijo de perra!-gritó dolorido y miró a su pie.

Ratko: Caballero, he cambiado de idea.-le guiñó un ojo.

El ex-capitán, en un gesto rápido y hábil, cogió una de sus espadas y golpeó brutalmente en la cara y con el mango a uno de los mercenarios que escoltaban a Mardo. Acto seguido cogió su otra espada, la guardó, y tiró del moribundo mercenario. Pretendía ayudarle.

Ratko: Corre detrás de mí, Dientes Rotos.-dijo el ex-capitán, con tono heróico.

"Dientes Rotos" pasaría a ser entonces el sobrenombre del muchacho, quien, tras el bestial puñetazo que había recibido del jefe mercenario, había perdido varios dientes y se le notaba si se le miraba desde cerca.

Ambos corrieron, abandonando la gran habitación y bajando por el puente de madera.

Los mercenarios de los alrededores les miraron extrañados. Entonces de la puerta de la gran casa del árbol, salió un mercenario.

Mercenario: ¡Atrapadlos!-gritó, y lo oyeron todos.

Cuando ya habían bajado de la casa del árbol, Ratko le dio un fuerte puñetazo en el rostro a un mercenario al que no le había dado tiempo a desenfundar su espada. Lo tiró al suelo, y cogió las riendas del que parecía su caballo. Dientes Rotos subió al caballo también, detrás de él.

Se trataba de un caballo fuerte y robusto, era negro y bastante alto, pero no tuvieron dificultades en subir a él. El ex-capitán mostró sus grandes dotes en su montura.

Varios mercenarios, arqueros, dispararon flechas contra los dos fugitivos. Silbaron en el aire y casi dan al caballo, pero fallaron.

El caballo, de nombre Petries, aunque Ratko lo desconocía, era rápido, y les permitió sacar ventaja. Aunque pronto le siguieron tres jinetes y se pusieron tras él.

El ex-capitán miró hacia atrás por el rabillo del ojo.

Ratko: Vamos, vamos, ¡"Jiah"! Corre, muchacho.-le decía con energía.

Petries aceleró y al cabo de unos minutos dejó atrás a sus perseguidores. Aun así, Ratko no dejó de motivarlo para que siguiera corriendo. Se sorprendió gratamente por el enorme grado de resistencia del caballo.

Después de veinte o treinta minutos, se pararon. Ratko pensó que ya había sido bastante y se pararon en medio del bosque.

Prendieron un pequeño fuego en un lugar discreto y se pusieron frente a frente en una hoguera, sentados sobre piedras.

Hubo silencio. Había sido una situación intensa. La adrenalina se apoderó de ellos mientras huían y Dientes Rotos pensó que no lo contarían.

Finalmente el muchacho pronunció unas palabras.

Dientes Rotos: ¿Por qué los has hecho?-pronunció difícilmente, pues tenía algunos dientes rotos y le dolían la boca y la mandíbula.

Ratko: ¿Por qué...qué?-preguntó.

Dientes Rotos: Me has salvado...¿por qué?

Ratko: Verás, muchacho. No soy un hombre tan cruel como me gustaría ser. Mas ten por seguro que te vendería por diez o veinte monedas si pudiera jaja.-se rió, pero a su acompañante no le hizo gracia.

El joven se calló unos segundos. Se le derramó alguna lágrima de su ojo derecho.

Dientes Rotos: Gracias.-pronunció ilusionado, aunque con dificultad.

El ex-capitán no dijo nada. Luego se interesó por el muchacho.

Ratko: ¿Cómo acabaste con ellos, hijo?-dijo con un tono de voz fraternal.

Dientes Rotos: Yo no tengo familia, pero mi hermano mayor, ahora difunto, tenía una deuda con ellos...-le costaba hablar.- Como éramos pobres y no tenía prácticamente nada que ofrecerles, me tuve que poner a los servicios de Mardo. Llevaba ya dos o tres años con ellos. Nunca me convencieron sus modos, pero no tenía alternativa.

Ratko: Entiendo.-solo dijo eso.

Se callaron durante más de un minuto. La historia de Dientes Rotos era conmovedora, y, aunque Ratko era entonces más frío que tiempo atrás, se compadeció del muchacho.

Ratko: Si vuelves te matarán.-dijo firme.

Dientes Rotos: Lo sé, pero no tengo donde ir.-triste.

Ratko: ¿Qué pretendías hacer en tu vida hasta que llegaron ellos?-frotándose la barba.

Dientes Rotos: Yo quería ser soldado. Siempre me ha apasionado defender una nación y luchar por causas nobles.

Ratko: No está mal.

El fuego de la hoguera resultaba reconfortante, estaban cómodos, y casi parecía que se habían olvidado de lo que había pasado unas cuantas horas atrás. Ya habían entrado hacía horas en la noche profunda.

Ratko: Te daré un par de monedas y viajarás a la capital. Asegúrate de alistarte y ser un buen soldado.

Dientes Rotos: ¿Pero por qué...?

Ratko: No quiero tener más muertes en mi conciencia, ya tengo bastantes. Acepta el trato o te mataré aquí y ahora.-se calló un segundo y luego se rió a carcajadas.

Dientes Rotos no entendía nada, pero era una buena oferta.

Durmieron un par de horas y al amanecer se despertaron y se levantaron. Marcharon a caballo y salieron del bosque.

En un cruce, encontraron a un señor que tenía una carreta tirada por mulas. Decía ir la capital, y Ratko le pagó dos monedas para que llevara a Dientes Rotos. Le dio a este veinte monedas de oro.

Dientes Rotos: ¿Todo este dinero...?-preguntó impresionado cuando Ratko le dio una bolsita.

Ratko: Calla. Conviértete en un buen soldado y aprovecha la oportunidad. Si no lo haces te buscaré y te ensartaré con mi espada.-bromeó y luego le dio la mano.-Adiós, Dientes Rotos.

Dientes Rotos se despidió llorando y le agradeció a Ratko por todo.

Ni el ex-capitán mismo entendía qué había hecho y por qué. Lo más probable era que el capitán hubiese visto reflejado en él cuando niño a Dientes Rotos. Había cierto parecido, sí, Ratko también había perdido a su hermano mayor y a su familia.

El Mercenario, ahora sería perseguido por Mardo y sus subordinados, pero no le importó lo más mínimo. A partir de ese momento dedicaría su vida al servicio de las necesidades no cubiertas por el ejército de los demás. Si el ejército no era capaz o no quería ocuparse de algo, lo haría si le ofrecían una cantidad de dinero justo. Se convirtió entonces en un mercenario. No obdecería a nadie; lucharía por y para sí mismo.

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