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El ex-capitán llevaba ya varias semanas viviendo en la antigua casa donde se había criado ya hacía más de una década. Empezó a pensar que debía comenzar a trabajar de alguna forma para conseguir dinero, ya que, aunque tenía bastante por los ahorros de cuando era capitán, había dado una cuarta parte de todo su dinero a su vieja amada Aelis.

Pensando y pensado, se le ocurrió que algunas de las personas más ricas que había conocido (exceptuando a la nobleza y los altos cargos del ejército) eran mercenarios. ¿Cómo sería la vida de un mercenario?, se preguntaba.

Se decidió a ir una vieja taberna a la que tiempo atrás había ido y había visto un grupo de mercenarios allí.

Estaba atardeciendo. Llegó allí y entró.

Era un tuburio, había unas pocas personas en una mesa, un camarero en la barra y tres personas un tanto más misteriosas e intimidantes que el resto sentadas en círculo en una mesa.

Pidió una cerveza en la barra y luego se sentó en una mesa.

Ese lugar era deprimente. Una taberna pequeña, sucia, polvorienta y con algunas zonas poco iluminadas.

Dudaba sobre por dónde debería empezar. Creyó conveniente sentarse, sin previo aviso, en la mesa donde estaban reunidos los tres que a él le parecieron mercenarios.

Llevaba una capa oscura, y ellos no podrían ver sus dos espadas. Si la cosa se ponía fea podría sacarlas en algún momento y degollarles.

Ratko: Buenas tardes.-dijo, poniendo el rostro serio.

Hombre de la Mesa: ¿Quién te ha dado permiso para sentarte aquí?-preguntó de forma brusca el más grande y feo de los tres.

Ratko: ¿Tiene acaso esta mesa tu nombre? ¿No se le permite a un humilde caballero sentarse a hablar con el resto de caballeros?-contestó burlón.

Hombre de la Mesa: Aquí no hacemos las cosas así.-dio un puñetazo a la mesa, se levantó, y acercó su rostro al del ex-capitán, como tratando de intimidarlo.

Ratko rápidamente sacó un cuchillo y tocó con él la garganta del mercenario, apuntándole.

Ratko: En primer lugar...te huele el aliento.-bromeó.- Y en segundo lugar, siéntate, me gustaría hablar de algo importante con vosotros.-bajó el cuchillo.

El mercenario, ligeramente amedentrado, se sentó, y los otros dos ni se inmutaron. Posiblemente llevarían armas y estarían pensando en atacar al ex-soldado, pero por cualquiera que fuera su motivo, no lo hicieron.

El intruso en la mesa dejó pasar unos segundos y luego habló.

Ratko: ¿Sois mercenarios, verdad?

Uno de los mercenarios se puso serio.

Mercenario: ¿Algún problema con eso?

Ratko: No, en absoluto.-levantó las manos expresando indiferencia.

Mercenario: ¿Qué es lo que quieres de nosotros, algún trabajillo?-mira a los otros mercenarios y se ríe.

Ratko: No, verás. Resulta que he tenido una vida un tanto complicada, y ahora mismo me interesaría saber...-le interrumpen.

Mercenario: ¿Qué quieres? Ve al grano.-un tanto impaciente.

Ratko: Mmm las historias no se cuentan por el final.-le replicó sonriente.-¿Siempre es tan irritable?-pregunta a los otros dos mercenarios.

Mercenario: Suelen decir que tenía tanta prisa al nacer que daba cabezas desde dentro a su madre para acelerar el parto, jaja.-se ríe tras el comentario sobre su compañero.

Ratko: No me extrañaría.-comentó Ratko, y prosiguió.-¿Formais parte de un gremio o algo así, me equivoco?-preguntó interesado.

Mercenario: Así es.

Ratko: Está bien. Llevadme ante vuestro líder, me gustaría hablar con él.

Mercenario: ¿Por qué íbamos a hacer eso?-preguntó, inconforme.

Ratko sacó de su bolsillo y dejó caer sobre la mesa tres monedas. 'Entonces cada uno de los mercenarios cogió una y se levantaron de la mesa. 

Salieron de la taberna y se montaron los cuatro en un pequeña carreta tirada por dos burros.

Llegaron a la entrada de un camino al bosque y allí uno de los mercenarios le hizo una petición a Ratko.

Mercenario: A partir de aquí tenemos que vendarte los ojos. No podemos permitir que veas el camino a la guarida.-le dijo el mercenario sujetando una tela.

Ratko: ¿Cómo sé que no me apuñalaréis solo por unas monedas?-preguntó bromeando, aunque iba en serio.

Mercenario: Podríamos sacarte más dinero si te dejáramos vivir y te torturásemos hasta que nos llevaras hasta tu casa.-dijo, elocuente.

Ratko: Jeje, bribonzuelo. Me gusta tu forma de pensar, muchacho.-se rió.

Cierto era, el mercenario, por joven que fuera (pues no tendría más de 20 años), era bastante astuto.

Ratko se dejó vendar los ojos. Se sumió todo en oscuridad. No oía nada más que el silencio del bosque. Se preguntaba cómo sería la guarida en un gremio de mercenarios, y sobre todo, se preguntaba si había hecho bien accediendo a ir allí.

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